Poesía

PLAZA DE ARMAS

POR RODRIGO ARRIAGADA-ZUBIETA

Publicado en el libro «Zubieta», 2019, Editorial Buenos Aire Poetry.

Olvidado de primer orden,
cesante embalsamado
en tu camisa de fuerza,
funcionario que debiste
hace tiempo enrollar
una corbata de hierro
alrededor de tu garganta,
poeta seducido
por el resplandor de lo desaparecido:
has comido sin hambre,
bebido sin sed en las plazas
y en venganza los negociantes
se echarán por tu camino
sin que nadie te salve.


Es la hora negra de los comercios de lujo,
de la circulación de un orden posterior a la sangre,
del jardín del norte aplastando todas tus flores
sin consentimiento
ORINES DEL GRINGO
sueños de la mañana de un forajido
en el asfixiante viento del sur
destapando aromas de abismo y de lechos clínicos,
el prohibido frasco que esparce el sabor
de lo descompuesto
como si el mundo revelase
el perfume de su muerte
en una fuga de la oscuridad ligera
que susurra “sigues siendo acá,
a nuestro pesar, entre los vivos”

 

Es cierto.
He aquí una sombra,
pero nuca tuviste luz propia
descascarado, pálido, liso
el cadáver y la carne terminal
sustraídos a la curiosidad humana,
el abatimiento de cada hora
que no trasluce desesperación alguna
y como tal nadie se atrevería a demolerte
como a un monumento arquitectónico
en el centro mismo del poder
que ya no precisa la horca
para romper a sus muertos.

 

Te has conformado con tomar asiento
en una partida de cartas,
con ser saludado apenas con un gesto,
sueñas con ser parte de la historia
y es tan difícil recordar el mundo
¿No estuviste ahí?
En apariencia, quizás.
Entre reminiscencias
de artefactos rotos en el solar de una fábrica,
entre ruidos de sirenas
y pálidos silbidos de un tren extraviado,
polvos en grietas
y olores a vino barato
en el barrio de los marineros.

 

¿Por qué no dejar esta plaza hundida
a su espectro?

 

Si los españoles supieron desaparecer
a tiempo,
volar como pájaros del árbol
del que fueron hojas finitas
estremecidas al contacto de la derrota.

 

Entonces llévate lejos esa especie de abismo,
muerde una manzana con olor acre,
dile a la mujer que nunca tocarás
¡qué bella te ves hoy!
sube a los autobuses y contempla el paisaje muerto,
la multitud de cosas retorcidas,
la humedad que se añade a la forma
en que ruedan las colillas.

 

La atmósfera se restituirá sin ti
mezquina y portátil
como una bocanada de Dios
si éste nos hubiese dado alguna vez el soplo,
pero sólo hay barro en todas partes,
mugre en el fin del orbe
y ahora un imperio de autómatas
que eternizan la sagrada robótica del Padre
de hacer personas y luego borrarlas,
la íntima mecánica del cielo industrial
huesos de acero dispersos en el aire.

NO
NO
SEÑOR

 

No queremos más este vacío.

Esta ausencia residual.

 

Hemos sido los últimos en vernos
a través de tu espejo
y despreciamos tu semejanza.