Poesía

Hopper, Soir Bleu, 1914: Antes de subir a un barco

POR RODRIGO ARRIAGADA-ZUBIETA

Copyright: Digital Image © Whitney Museum of American Art
  1. El burgués.

 

Cuando se sentó, pensé: 

“las bestias sollozan de pena”.

El sello de Dios palidece a desemejanza 

de los muertos en vida.

 

Este viaje será de veras  el infierno.

 

Yo, que adquirí el derecho a rostro en los desembarcaderos,

no iré más lejos de las playas con los mendigos de siempre

y tú, mujer, seguirás mis pasos

sin derecho a réplica.

 

Antes de subir al barco,

quemaré sus ojos con la cazoleta de mi pipa.

2. Su mujer.

Cuando se sentó, pensé:

“no miraré la fealdad directo a su rostro”.

El sello de Dios languidece cuando los poetas 

ofrecen palabras a la muerte.

 

En este viaje llenaré la copa con mi propio ocio.

 

Yo, que adquirí el derecho a la sordera permanente 

de tanto tapiar las ventanas ya cerradas,

iré más lejos haciendo oídos ebrios a la tristeza

y seguiré sus pasos sin descartar matarlo

o dejarlo en otro puerto.

 

Antes de abandonar el barco, 

quemaré el amanecer con las últimas

carcajadas de una belleza sin dientes.

3. El Marinero:

 

Cuando se sentó, pensé:

“no jugaré más a los dados con la muerte”.

La palabra de Dios enmudece 

de tanto estar a solas con la noche.

 

En este viaje no iré hasta el final,

las cosas bellas nunca sirven para nada.

 

Yo, que adquirí el derecho a que la brisa no me mueva

de tanto ver cómo se estremece 

el cielo anclado a su propio reflejo

cuando ni un Albatros quiebra el hielo entre los hombres.

 

Antes de subir al barco 

despediré a mi tripulación difunta

sin un Cristo entre sus olas:

dejaré al poeta arrojado a su lengua

sin gramática para describir la Belleza.

4. El Pintor.

 

Cuando se sentó, pensé:

 “¿Llegó así, o lo estuvo desde siempre?

Ya no le quedan señales de Dios ni rutas de vida,

 pero aún se desplaza y se expresa como un mendigo.

 

En este viaje oiremos sólo el canto de los cielos.

 

Yo, que si bien desespero como él,

en los campos mojados 

veo siempre el nuevo año.

 

Antes de subir al barco, 

observaré el cielo como una noche que anuncia 

otro resplandor.

 

Si dejo de manchar el mundo 

sólo habré trabajado para mí mismo.

Él dejó de buscar y está perdido,

su voz se extingue como fuego muerto.

5. La Prostituta. 

 

Cuando se sentó, pensé:

“no se da cuenta y ya no existe entre los vivos”.

La misma noche le veló el espíritu

de tanto arrastrarse sin Dios a mi alcoba.

 

Y sin tener boca me hablaba,

como el silencio de los entumecidos.

 

Yo, que de tanto frío ya no busco el apoyo de la tierra,

me limitaré a observar los devaneos 

de su corazón enfermo.

 

Cuando él suba a ese barco

me quedaré sola y sin palabras.

 

En cierto modo existir es morir del reflejo

de su relato interrumpido

en la perplejidad de mis ojos ruidosos

sumergidos en un cadáver sin risas.

6. El hombre de espaldas.

 

Cuando se sentó, pensé:

 “es sólo otro marinero en tierra”,

un hombre en un mar de hombres.

 

El sello de Dios palidece cuando el poeta

ya casi termina de narrar su propio infierno. 

 

Yo, que ya no me sorprendo de que reine el silencio,

porque llevo años sin divisar figura divina o animal

y sólo vienen los ociosos, agua por todas partes,

ni una gota que beber.

 

Cuando él suba al barco lo despediré con mis ojos cansados

a sabiendas de que si no retorna 

nadie habrá alcanzado a narrar

mis pesadillas y mis sueños.

 

Aún floto sobre un cielo falsamente pintado. 

7. El poeta.

 

Cuando me senté, dije:

“nadie se fijará en mí”,

pero, al parecer, he llegado con otra máscara 

que resalta lo que soy.

 

Yo, que he sufrido el griterío, 

arrastrando las alas que me impiden caminar.

 

Cuando suban al barco, no iré con ellos.

 

Encenderé otro cigarrillo

y los veré partir de lejos.

 

Ni Cristo ni el poeta

-quién lo hubiera pensado-

otro condenado,

no sabemos cuál

tendrá que proferir el mundo,

apiadarse él solo 

de la muda inmensidad.